martes, 24 de febrero de 2009

DESPUÉS HABLAMOS...

“no me llamó”. esa había sido la frase más repetida y popular durante su larga relación. resultaba ser que los tiempos para ellos iban diferentes. lo que para ella y para prácticamente toda la población mundial era una hora, para el eran tan solo un par de minutos. por lo que era muy común quedarse esperando durante mucho tiempo un digno llamado de su parte. que por cierto, pocas veces llegaba, o llegaba a las apuradas con un “después hablamos bien”. pasaron unos cuantos meses cuando finalmente se dio cuenta que la situación ya estaba tocando fondo. pero no deseaba morirse y, en general, se deprimía de vez en cuando y decentemente, esto es, en niveles poco desmesurados y manejables. pero ella no asumió como el afrontaba sus demandas, ni su creciente histeria expresiva: es increíble lo mucho que aguantamos, en el amor, cuando estamos dispuestos a mentirnos. estará ocupado, tendrá mucha gente en el trabajo, se le habrá quedado sin batería el celular.el limite crecía cuando el lazo de ambos comenzaba a depender relativamente de ella, o por lo menos cuando eso se empezaba a notar desde lo lejos. cada vez se hacia más notorio su desinterés por ella y eso aumentaba la tensión. por lo general, el hacia malabarismos con sus palabras para quedarse siempre en un perfecto limbo entre lo cariñoso y lo remoto, y nunca terminaba sus mensajes con nada mas caliente ni mas intimo que un muy cauteloso “mañana hablamos”. mientras tanto, ella proseguía su descenso a la total indignidad con la espera del milagro. mientras le veía desaparecer en el horizonte, ella iba cumpliendo una vez más todas las etapas habituales de la infamia. por citar unas cuantas: rogó. suplicó. le juró que dejaría de hablarle. se desdijo. le juro que dejaría de quererle. se desdijo otra vez. la gente no entendía, no podía saber que, por entonces, ella no tenia otro afán en la vida que el de embarcarse en el antiguo viaje, el único que en verdad merece la pena realizar, ese viaje que te conduce al otro a través del cuerpo.de manera que ella siguió haciendo el ridículo durante algunos meses.hasta que una madrugada, en un momento de lucidez, o quizás de hastío, o probablemente temiendo haberle hecho mala impresión con tantas quejas, le mando una carta razonable. estoy contenta con mi vida, le venia a decir; no me importa que no hayas respondido a mis pedidos, se sugería entre líneas. y terminaba, magnánima y airosa, enviándole un “después hablaremos”. parecía el triunfo elocuente que ella había estado esperando durante meses, que fue simplemente desmoronado cuando él le contesto a la mañana siguiente, con una celeridad y expresividad insólitas en él desde hacia mucho tiempo. su carta, larga, locuaz, chistosa, estaba llena de alivio y palabras afectuosas. “que bien que estés contenta, yo estoy contento si tu estas feliz”, decía. y al final se despedía con su típico pero inesperado “dale, después hablamos”.ella hubiese querido matarlo.fue la estocada final, la herida ultima; ella había sobrellevado su marginalidad, su invisibilidad y su desatención, pero lo que ya no podía soportar era todo este afecto equivocado.y fue ahí cuando logro sentir sus pies en contacto con la tierra húmeda. finalmente había bajado a la tierra y comprendido que esa era la vida por la que ella había optado. por una milésima de segundo tuvo una visión. era el, sentado, queriendo ver lo mejor de ella, quien lo único que podía hacer era intentar. de repente todo era magnifico. era la vida. era el, era ella. desconectados hacia tiempo. le había llevado mucho tiempo lograr entender que, en el caso de ausencia del llamado prometido, era inútil verificar el buen funcionamiento de la línea de teléfono o conjeturar que a él lo pudo haber pisado un camión. la única respuesta para eso era que ella se había enamorado del sujeto equivocado.

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